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Adios Tía Berta

Hoy, fin de los novenarios, despedimos a Berta.

Y para hablar de Berta hay que hablar también de los Bello, del Llano, de Guafita, de Bella Berta y de esa familia enorme que fue creciendo entre historias que hoy parecen casi leyendas.

Porque Berta nunca fue una mujer demasiado convencional.


Fue religiosa.

Hasta que un día colgó los hábitos.


Se llevó a un niño.


Enamoró a un cura.


Y entre una cosa y la otra terminó formando una familia.


Dicho así, parece el argumento de una novela.

Pero esa era Berta.

Y lo hizo por una razón bastante sencilla:

POR AMOR…


A su manera, rompió moldes en una época en la que romperlos costaba mucho más que ahora.

Le importaba poco lo que dijeran.

Tomaba sus decisiones y después, como buena llanera, tenía el temple suficiente para sostenerlas.

Quizás esa sea una de las primeras cosas que deberíamos recordar de ella.

Que vivir también significa decidir.


Y que las decisiones de los demás no siempre tienen que parecernos correctas para que aprendamos a respetarlas.


Porque cada persona lleva por dentro una historia que los demás apenas alcanzamos a conocer.


Los Bello

Nuestra familia viene de otra época.

Una familia enorme, llanera, con sus costumbres, sus alegrías, sus secretos, sus diferencias y también sus contradicciones.

Y como todas las familias, hicimos muchas cosas bien.


Y otras no tanto.


Por eso quizás despedir a Berta sea también una oportunidad para preguntarnos qué queremos conservar de los Bello y qué queremos hacer diferente.


Conservemos la alegría.

La mesa llena.

Los primos.

Los carnavales.

Los bailes en la QUIQUILA de Guafita y el MÉDANO…

Las tertulias tomando cerveza en La Porfía.

Los baños en el caño de Bella Berta.

El pisillo de chigüire en la parcela…

La leche recién ordeñada cuando apenas estaba amaneciendo.

Conservemos eso.


La risa, la tierra, el encuentro y la esperanza…
La familia que siempre encontraba un momento.


Pero también aprendamos de aquello que podemos hacer mejor...


Durante generaciones criaron diferente a nuestras hembras y a nuestros varones.

A ellas les tocó hacerse fuertes muy pronto.

A ellos les consintieron bastante más.

Lo hicieron sin mala intención.

Lo hicieron porque así les enseñaron…


Pero hoy sabemos que las nuevas generaciones de Bello podemos hacerlo diferente.


Porque la "IGUALDAD" no comienza en la calle.

Comienza en la casa.


En cómo queremos.

En cómo educamos.

En las libertades que damos.

En las responsabilidades que exigimos.


A nuestras hijas y a nuestros hijos POR IGUAL.


Porque no heredamos solamente un apellido.

Heredamos maneras de querernos.

Y algunas debemos conservarlas.

Otras tenemos que tener el valor de cambiarlas.


También heredamos silencios.

Todas las familias tienen secretos.

Los Bello seguramente tenemos unos cuantos.

Y quizás algunos deban seguir siendo secretos.

Pero aprendamos algo de ellos.


Un secreto puede proteger durante un tiempo.

Pero cuando dura demasiado, puede empezar a pesar.

Y algunas veces termina convirtiéndose en una mentira.


Por eso respetemos el mundo interior de los demás.

No tenemos que comprender cada decisión.

No tenemos que vivir como vive el otro.

Pero cuando queremos a alguien, intentemos quererlo como es, no solamente como nosotros quisiéramos que fuera.


Curiosamente, Berta sabía algo de eso.


Porque si ella hubiera vivido toda su vida haciendo solamente lo que los demás esperaban de ella...

hoy no estaríamos aquí contando su historia.


Y finalmente, perdonar


Y quizás la última lección sea la más difícil.


Perdonar.


Porque las familias guardamos demasiadas cuentas.


Quién dijo qué.

Quién hizo qué.

Quién recibió más.

Quién recibió menos.

Quién se fue.

Quién se quedó.

Quién tenía razón.


Después pasan los años, mueren nuestros mayores y uno descubre que muchas de aquellas batallas ya ni siquiera importan.


Lo que pasó, pasó.
Y lo que queda, hay que cuidarlo.


Perdonemos a nuestros padres por aquello que no supieron hacer mejor.

Perdonemos a nuestros hermanos.

A nuestros primos.

A nuestros hijos.

Y también pidamos perdón cuando nos corresponda.


No para borrar el pasado.

El pasado no se borra.


Pero tampoco tenemos que seguir viviendo dentro de él.

Y quizás esa sea una bonita manera de honrar a Berta.


Una mujer que, a su manera, eligió vivir en el presente…

Que desafió lo establecido.

Que amó.

Que viajó.

Que creyó profundamente en Dios.

Que recorrió el mundo entero.

Y que después de verlo todo siguió queriendo volver al mismo sitio:

a su Llano.


Hoy los Bello despedimos a una de las nuestras.

Pero no nos quedemos solamente con la tristeza.

Quedémonos con lo que ella representó.

Con su libertad.

Con su fe.

Con sus contradicciones.

Con su picardía.

Con su familia.

Con su rebeldía.


Y, sobre todo, con esa extraña valentía que tuvo Berta para hacer muchas veces lo que sintió que tenía que hacer.


Por amor rompió moldes.
Por amor formó una familia.
Y por amor nos enseño a ser rebeldes.


Así que abracémonos los que quedamos.

Perdonemos lo que haya que perdonar.

Cambiemos lo que haya que cambiar.

Y conservemos todo aquello que merece sobrevivirnos.


Porque algún día nos encontraremos otra vez.


Quizás en un Corosito, quizás en el Medano…

Quizás en Bella Berta.

Quizás junto a un caño,


Y allí estará ella.

Nuestra llanera.

Nuestra rebelde.

Nuestra Berta.


Vuela alto, Bella Berta.

Tu Llano te siente.
Los Bello te recuerdan.


¡Y los que quedamos, SEGUIMOS!


Enrique Alberto García Bello